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  <title>Mundo Du</title>
  <subtitle>Cuentos breves, relatos sorprendentes</subtitle>
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  <updated>2007-03-31T12:02:10-07:00</updated>
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    <title>El destino</title>
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    <published>2008-05-06T05:11:24-07:00</published>
    <updated>2008-05-06T05:11:59-07:00</updated>
    <author>
      <name>Reyes Adorna</name>
    </author>
    <summary type="html"><![CDATA[<p>La pitonisa me dijo que mi vida cambiaría de forma radical. Pero no me dijo en qué consistiría ese cambio.</p>
<p>Viendo que el tiempo pasaba y todo seguía igual, me divorcié de mi marido, aunque en realidad lo quería, me mudé de ciudad, aunque mi ciudad me gustaba y me busqué un trabajo totalmente distinto al que tenía, aunque la verdad es que el trabajo me daba mucha satisfacción.</p>
<p>Ahora, cuando veo mi vida tan cambiada, echo de menos a mi marido, a mi ciudad y a mi trabajo, pero he llegado a la conclusión de que qué le voy a hacer, si ese era mi destino.</p>
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    <content type="html"><![CDATA[<p>La pitonisa me dijo que mi vida cambiaría de forma radical. Pero no me dijo en qué consistiría ese cambio.</p>
<p>Viendo que el tiempo pasaba y todo seguía igual, me divorcié de mi marido, aunque en realidad lo quería, me mudé de ciudad, aunque mi ciudad me gustaba y me busqué un trabajo totalmente distinto al que tenía, aunque la verdad es que el trabajo me daba mucha satisfacción.</p>
<p>Ahora, cuando veo mi vida tan cambiada, echo de menos a mi marido, a mi ciudad y a mi trabajo, pero he llegado a la conclusión de que qué le voy a hacer, si ese era mi destino.</p>
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    <title>El designio</title>
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    <published>2008-01-25T03:02:20-08:00</published>
    <updated>2008-01-25T03:02:20-08:00</updated>
    <author>
      <name>Carlos Varela</name>
    </author>
    <summary type="html"><![CDATA[<p>Comencé a sospechar algo cuando yo le pregunté cuál era su signo zodiacal y ella me contestó que caníbal. Desde entonces, semana tras semana, no he hecho otra cosa que yacer bajo sus designios y desaparecer lentamente entre sus dientes.</p>
    ]]></summary>
    <content type="html"><![CDATA[<p>Comencé a sospechar algo cuando yo le pregunté cuál era su signo zodiacal y ella me contestó que caníbal. Desde entonces, semana tras semana, no he hecho otra cosa que yacer bajo sus designios y desaparecer lentamente entre sus dientes.</p>
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    <title>La balada de Herbert y Margaret</title>
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    <published>2008-01-20T12:00:00-08:00</published>
    <updated>2008-01-20T12:33:52-08:00</updated>
    <author>
      <name>Carlos Varela</name>
    </author>
    <summary type="html"><![CDATA[<p>Margaret lanzó una altiva y definitiva mirada a Herbert. Herbert luchó inútilmente contra ese sentimiento de vergüenza que le estaba acorralando y le hacía sentir que se hundía en el asfalto. Luego se dio cuenta de que había metido los pies en unas arenas movedizas que pasaban por allí.</p>
<p>–No quiero volver a verte –dijo Margaret–. Al menos espero que te cambies ese ridículo peinado.</p>
<p>Las palabras retumbaron en los oídos de Herbert como bombas atómicas, muy atómicas. No comprendía tanta crueldad. ¿Acaso Margaret ya no lo quería? ¿Acaso ya no le gustaba su peinado, del que siempre decía que sobresalía sobre las cosas hermosas del mundo? Está bien, quizás nunca había dicho eso, o no con esas palabras, pero... ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué el mundo se venía abajo de esta manera tan terrible? No había palabras. Herbert colocó en Margaret una suplicante mirada llena de lágrimas, tan patética como inútil, balbuceó algo sin sentido, y se alejó tristemente, mirando al suelo, dando patadas a las piedras y a algún que otro niño.</p>
<p>–Está bien –pensó Herbert con todo el dolor de sus entrañas–. Ahora me iré a casa y escribiré cosas en mi diario. Cosas muy malas sobre ella.</p>
<p>Como Herbert no tenía diario, tuvo que empezar uno. Se sentó y comenzó a poner en práctica su plan de venganza, pero esto no calmó su sensación de desamparo. Por el contrario, sólo consiguió que apareciese un absurdo sentimiento de culpa. Reprimió sus deseos de golpear la cabeza contra la pared, pero terminó lanzando el recién estrenado diario por la ventana. ¿Qué podía hacer ahora? Bajar a recuperar el diario, eso desde luego, pero ¿es que iba a pasar el resto de su vida pensando en Margaret, encarcelado en un torbellino de lamentos y soledad, compadeciéndose de sí mismo miserablemente? Sí, bueno, no era mala idea, pero tal vez hubiera otras soluciones... Rápidamente se abalanzó sobre el teléfono y comenzó a marcar. Colgó cuando se dio cuenta de que había pulsado cincuenta números y no estaba logrando nada. El desasosiego se apoderaba de Herbert como un depredador de una presa fácil e indefensa. Las paredes de su cuarto lo cercaban y el pasillo de su apartamento se volvía laberíntico por momentos. Por fin, en un rapto de decisión surgido de algún bolsillo de su camisa, salió de su casa. En su atormentado espíritu había nacido una chispa de determinación que le hizo precipitarse a la calle, poniéndose su anorak en pleno verano, avanzar sin titubeos en busca de su destino, recomponer su orgullito quebrado, y sin volver la vista atrás, tomar las riendas de su agitada existencia.</p>
<p>Dieron las seis en punto cuando Herbert abrió la puerta de la peluquería.</p>
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    <content type="html"><![CDATA[<p>Margaret lanzó una altiva y definitiva mirada a Herbert. Herbert luchó inútilmente contra ese sentimiento de vergüenza que le estaba acorralando y le hacía sentir que se hundía en el asfalto. Luego se dio cuenta de que había metido los pies en unas arenas movedizas que pasaban por allí.</p>
<p>–No quiero volver a verte –dijo Margaret–. Al menos espero que te cambies ese ridículo peinado.</p>
<p>Las palabras retumbaron en los oídos de Herbert como bombas atómicas, muy atómicas. No comprendía tanta crueldad. ¿Acaso Margaret ya no lo quería? ¿Acaso ya no le gustaba su peinado, del que siempre decía que sobresalía sobre las cosas hermosas del mundo? Está bien, quizás nunca había dicho eso, o no con esas palabras, pero... ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué el mundo se venía abajo de esta manera tan terrible? No había palabras. Herbert colocó en Margaret una suplicante mirada llena de lágrimas, tan patética como inútil, balbuceó algo sin sentido, y se alejó tristemente, mirando al suelo, dando patadas a las piedras y a algún que otro niño.</p>
<p>–Está bien –pensó Herbert con todo el dolor de sus entrañas–. Ahora me iré a casa y escribiré cosas en mi diario. Cosas muy malas sobre ella.</p>
<p>Como Herbert no tenía diario, tuvo que empezar uno. Se sentó y comenzó a poner en práctica su plan de venganza, pero esto no calmó su sensación de desamparo. Por el contrario, sólo consiguió que apareciese un absurdo sentimiento de culpa. Reprimió sus deseos de golpear la cabeza contra la pared, pero terminó lanzando el recién estrenado diario por la ventana. ¿Qué podía hacer ahora? Bajar a recuperar el diario, eso desde luego, pero ¿es que iba a pasar el resto de su vida pensando en Margaret, encarcelado en un torbellino de lamentos y soledad, compadeciéndose de sí mismo miserablemente? Sí, bueno, no era mala idea, pero tal vez hubiera otras soluciones... Rápidamente se abalanzó sobre el teléfono y comenzó a marcar. Colgó cuando se dio cuenta de que había pulsado cincuenta números y no estaba logrando nada. El desasosiego se apoderaba de Herbert como un depredador de una presa fácil e indefensa. Las paredes de su cuarto lo cercaban y el pasillo de su apartamento se volvía laberíntico por momentos. Por fin, en un rapto de decisión surgido de algún bolsillo de su camisa, salió de su casa. En su atormentado espíritu había nacido una chispa de determinación que le hizo precipitarse a la calle, poniéndose su anorak en pleno verano, avanzar sin titubeos en busca de su destino, recomponer su orgullito quebrado, y sin volver la vista atrás, tomar las riendas de su agitada existencia.</p>
<p>Dieron las seis en punto cuando Herbert abrió la puerta de la peluquería.</p>
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    <title>A medias</title>
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    <published>2008-01-15T04:53:36-08:00</published>
    <updated>2008-01-15T04:53:36-08:00</updated>
    <author>
      <name>Carlos Varela</name>
    </author>
    <summary type="html"><![CDATA[<p>El oráculo le dijo que era medio inmortal. Vivir con semejante incertidumbre acabó por dejarlo medio muerto, a medio camino de cualquier cosa.</p>    ]]></summary>
    <content type="html"><![CDATA[<p>El oráculo le dijo que era medio inmortal. Vivir con semejante incertidumbre acabó por dejarlo medio muerto, a medio camino de cualquier cosa.</p>    ]]></content>
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    <title>Trueques</title>
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    <published>2007-11-13T16:12:23-08:00</published>
    <updated>2007-11-13T16:12:43-08:00</updated>
    <author>
      <name>Choan C. Gálvez</name>
    </author>
    <summary type="html"><![CDATA[<p>Abel y Joaquín se intercambian objetos a diario. Ayer canjearon una batuta y una aguja de zapatero.</p>
<p>Y no pasó nada.</p>
<p>Pero el trueque de hoy cambiará el mundo.</p>
    ]]></summary>
    <content type="html"><![CDATA[<p>Abel y Joaquín se intercambian objetos a diario. Ayer canjearon una batuta y una aguja de zapatero.</p>
<p>Y no pasó nada.</p>
<p>Pero el trueque de hoy cambiará el mundo.</p>
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    <title>Sin ti</title>
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    <published>2007-10-22T13:23:23-07:00</published>
    <updated>2007-10-23T11:39:58-07:00</updated>
    <author>
      <name>Mingo Lopez</name>
    </author>
    <summary type="html"><![CDATA[<p>Estaba tan solo y tan triste que se me cayó la nariz, partiéndose la pobre en el suelo como un florerito. Lo que me faltaba, me dije mientras me sujetaba la cabeza con las manos, temeroso de que también, de un momento a otro, se me desprendiera. Pero tuve suerte y solo se me cayó, gorda, una gran lágrima y entonces pensé, suspirando, que al menos no tenía espejos en casa ni, desde que te fuiste, una piel agradable para oler ni flores hermosas para poner en agua. Así que seguí allí de pie, como tantos meses atrás, frente a la puerta, con los brazos abiertos por si volvías y entrabas de improviso y ahora ya sin nariz y casi sin lagrimas. Y más triste aún, amor mío.</p>
    ]]></summary>
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    <title>Gánster</title>
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    <published>2007-10-17T10:16:16-07:00</published>
    <updated>2007-10-19T13:14:26-07:00</updated>
    <author>
      <name>Mingo Lopez</name>
    </author>
    <summary type="html"><![CDATA[<p>El mosquito vino para picarme, estoy seguro. Primero dió varias vueltas de reconocimiento sobre mi cabeza, relamiéndose y sin quitarle ojo al lustre de mi calva. El lugar ideal para un discreto aterrizaje y una posterior y placentera succión, deduje achinando los ojos. Lo oí zumbar y me quedé quieto, con el pitillo en la boca. Se posó disimulando sobre mi mano derecha –que dejé astutamente como cebo sobre la mesa– y aunque soy diestro, aproveché que la tenía cargada, la saqué con la zurda de la sobaquera y apunté lo mejor que pude.</p>
<p>–Muere, vampiro– dije apretando el gatillo.</p>
<p>El tiro lo reventó, salpicando de tripitas y de sangre la pared. Y entonces, sonriendo, con la Beretta en alto por si volvía otro, fui a quitarme el cigarro de los labios y no pude.</p>
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    <content type="html"><![CDATA[<p>El mosquito vino para picarme, estoy seguro. Primero dió varias vueltas de reconocimiento sobre mi cabeza, relamiéndose y sin quitarle ojo al lustre de mi calva. El lugar ideal para un discreto aterrizaje y una posterior y placentera succión, deduje achinando los ojos. Lo oí zumbar y me quedé quieto, con el pitillo en la boca. Se posó disimulando sobre mi mano derecha –que dejé astutamente como cebo sobre la mesa– y aunque soy diestro, aproveché que la tenía cargada, la saqué con la zurda de la sobaquera y apunté lo mejor que pude.</p>
<p>–Muere, vampiro– dije apretando el gatillo.</p>
<p>El tiro lo reventó, salpicando de tripitas y de sangre la pared. Y entonces, sonriendo, con la Beretta en alto por si volvía otro, fui a quitarme el cigarro de los labios y no pude.</p>
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    <title>Anulaciones</title>
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    <published>2007-09-11T14:43:14-07:00</published>
    <updated>2007-09-11T14:43:14-07:00</updated>
    <author>
      <name>Reyes Adorna</name>
    </author>
    <summary type="html"><![CDATA[<p>Tenía un amigo y una amiga que cuando se conocieron, observaron que
tenían tantas cosas en común que decidieron hacerse pareja. Con el paso del
tiempo, eran tantos los gustos y los comportamientos idénticos, que pensaron
con lógica aplastante que sus coincidencias iban más allá de la casualidad.
Cada vez que los veía, me sorprendía ver que en sus rasgos faciales iban
apareciendo expresiones del otro, y últimamente aseguro que sus rostros se
han desdibujado tanto que ya no distingo quién es quién. Por la calle,
cuando los acompaño, advierto que la gente se les queda mirando como a un
par de gemelos y puedo asegurar que hace unos días sus huellas dactilares
han desaparecido.</p>

<p>A veces me quedo mirando las fotos de quienes fueron y me echo a llorar
por los amigos perdidos.</p>
    ]]></summary>
    <content type="html"><![CDATA[<p>Tenía un amigo y una amiga que cuando se conocieron, observaron que
tenían tantas cosas en común que decidieron hacerse pareja. Con el paso del
tiempo, eran tantos los gustos y los comportamientos idénticos, que pensaron
con lógica aplastante que sus coincidencias iban más allá de la casualidad.
Cada vez que los veía, me sorprendía ver que en sus rasgos faciales iban
apareciendo expresiones del otro, y últimamente aseguro que sus rostros se
han desdibujado tanto que ya no distingo quién es quién. Por la calle,
cuando los acompaño, advierto que la gente se les queda mirando como a un
par de gemelos y puedo asegurar que hace unos días sus huellas dactilares
han desaparecido.</p>

<p>A veces me quedo mirando las fotos de quienes fueron y me echo a llorar
por los amigos perdidos.</p>
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    <title>La razón</title>
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    <published>2007-08-03T13:12:42-07:00</published>
    <updated>2007-08-03T13:13:11-07:00</updated>
    <author>
      <name>Reyes Adorna</name>
    </author>
    <summary type="html"><![CDATA[<p>Le dijeron que no había dioses, ni mitos ni ritos, ni cielos ni infiernos, ni siquiera que se fiara de su imaginación, de sus emociones o de su intuición, y mucho menos que creyera en la magia.</p>

<p>Y se quedó sola la razón razonando.</p>

<p>Y se murió de pena.</p>

<p>Pero no soltó ni una lágrima.</p>    ]]></summary>
    <content type="html"><![CDATA[<p>Le dijeron que no había dioses, ni mitos ni ritos, ni cielos ni infiernos, ni siquiera que se fiara de su imaginación, de sus emociones o de su intuición, y mucho menos que creyera en la magia.</p>

<p>Y se quedó sola la razón razonando.</p>

<p>Y se murió de pena.</p>

<p>Pero no soltó ni una lágrima.</p>    ]]></content>
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    <title>El Jefe</title>
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    <published>2007-07-29T05:54:28-07:00</published>
    <updated>2007-07-29T05:54:28-07:00</updated>
    <author>
      <name>Victor del Val</name>
    </author>
    <summary type="html"><![CDATA[<p>Cuando Dios hizo La Luz, sorprendió dormida a La Muerte, que yacía en un rincón de La Eternidad cansada de no servir para nada. De inmediato, el Jefe Supremo le diagramó una tarea y la puso a trabajar...</p>
    ]]></summary>
    <content type="html"><![CDATA[<p>Cuando Dios hizo La Luz, sorprendió dormida a La Muerte, que yacía en un rincón de La Eternidad cansada de no servir para nada. De inmediato, el Jefe Supremo le diagramó una tarea y la puso a trabajar...</p>
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    <title>Cuántica e inolvidable </title>
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    <published>2007-05-25T14:30:14-07:00</published>
    <updated>2007-05-25T14:31:20-07:00</updated>
    <author>
      <name>Fej Delvahe</name>
    </author>
    <summary type="html"><![CDATA[<p>Edel ama a Estefi, pero Edel es un sabio que tiene 70 años y Estefi es una escolar de sólo 12. Edel no sabe viajar en el tiempo, pero ha logrado descubrir un modo de periplo en la forma. Es decir, sin abandonar el presente, en vez de viajar hacia atrás en la cuarta dimensión, ha desvelado las claves para viajar hacia atrás en la forma sin salirse existencialmente de lo contemporáneo. Por esto y sobre todo porque ama muchísimo a Estefi, sin que nadie lo sepa salvo él mismo, hoy día primero de enero del 2007, ha emprendido el desplazamiento desde sus setentas años de edad hasta los catorce. Ha sido un éxito inaudito sin bandas de música. Completada la traslación en la forma, se ha mirado ante un espejo y he aquí que su cuerpo con muestras de enorme decadencia ahora luce de lindo púber, con cabellera espléndida y ojos azules como un cielo anticiclón; además, psicológicamente no se ha visto retrotraído y sigue gozando del mismo pensamiento sabio y experimentado que tenía. Lo más rápido posible, ha ido a ver a Estefi. Se ha presentado como nieto del anciano profesor al que ella solía preguntarle dudas escolares y en seguida se han hecho amigos de enamoramiento intenso. Estefi nunca había visto un muchacho tan atractivo como éste; de manera que hoy, en cuanto él comenzó a enamorarla, no ha puesto resistencia sino todo lo contrario: se ha sentido cautivada, afortunada como si hubiese llegado hasta ella la gloria. Este traslado, no a través de la coyuntura espacio temporal sino a través de las otras magnitudes que constituyen la forma, es el más grande descubrimiento del que se tenga constancia. Ante todo, el objetivo pasional de Edel es vivir el gran amor de su vida de igual a igual con Estefi, correspondiéndose, compenetrándose, amándose naturalmente con la energía o potencia de dos galaxias en atracción. La realidad de este amor ya es cuántica, grandiosa e inolvidable, más por el momento no puedo extenderme en más detalles, pues el vehículo literario en el que estoy narrándola es un microrrelato.</p>
    ]]></summary>
    <content type="html"><![CDATA[<p>Edel ama a Estefi, pero Edel es un sabio que tiene 70 años y Estefi es una escolar de sólo 12. Edel no sabe viajar en el tiempo, pero ha logrado descubrir un modo de periplo en la forma. Es decir, sin abandonar el presente, en vez de viajar hacia atrás en la cuarta dimensión, ha desvelado las claves para viajar hacia atrás en la forma sin salirse existencialmente de lo contemporáneo. Por esto y sobre todo porque ama muchísimo a Estefi, sin que nadie lo sepa salvo él mismo, hoy día primero de enero del 2007, ha emprendido el desplazamiento desde sus setentas años de edad hasta los catorce. Ha sido un éxito inaudito sin bandas de música. Completada la traslación en la forma, se ha mirado ante un espejo y he aquí que su cuerpo con muestras de enorme decadencia ahora luce de lindo púber, con cabellera espléndida y ojos azules como un cielo anticiclón; además, psicológicamente no se ha visto retrotraído y sigue gozando del mismo pensamiento sabio y experimentado que tenía. Lo más rápido posible, ha ido a ver a Estefi. Se ha presentado como nieto del anciano profesor al que ella solía preguntarle dudas escolares y en seguida se han hecho amigos de enamoramiento intenso. Estefi nunca había visto un muchacho tan atractivo como éste; de manera que hoy, en cuanto él comenzó a enamorarla, no ha puesto resistencia sino todo lo contrario: se ha sentido cautivada, afortunada como si hubiese llegado hasta ella la gloria. Este traslado, no a través de la coyuntura espacio temporal sino a través de las otras magnitudes que constituyen la forma, es el más grande descubrimiento del que se tenga constancia. Ante todo, el objetivo pasional de Edel es vivir el gran amor de su vida de igual a igual con Estefi, correspondiéndose, compenetrándose, amándose naturalmente con la energía o potencia de dos galaxias en atracción. La realidad de este amor ya es cuántica, grandiosa e inolvidable, más por el momento no puedo extenderme en más detalles, pues el vehículo literario en el que estoy narrándola es un microrrelato.</p>
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  <entry>
    <title>Mujeres que no piden mucho (o siempre me gustó Alvite)</title>
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    <id>http://mundodu.net/relatos/mujeres-que-no-piden-mucho-o-siempre-me-gusto-alvite</id>
    <published>2007-05-24T07:22:54-07:00</published>
    <updated>2007-05-24T07:23:21-07:00</updated>
    <author>
      <name>Guillermo Garal</name>
    </author>
    <summary type="html"><![CDATA[<p>Vivíamos en una inmundicia tal que a veces tenía que tirar el bote de lejía porque se ponía mala; no sabes lo que es tocar fondo hasta que no hueles la podredumbre de la lejía pasada. Joder, un día entré en la cocina y te juro que oí a una cucaracha decirle a otra: «Emmanuel te lo digo muy en serio, hemos de librarnos de esta plaga de humanos antes de que nos coma la mierda.» Tenías suerte si yendo al baño te encontrabas por el suelo un klinex con no muchos mocos, darte el lujo por un día de poder limpiarte el culo decentemente era algo magnífico. El bidet sólo te lo ensuciaba más. Un día llevé a Claudia a casa; en cuanto abrí la puerta una densa marea gris nos abofeteó en la cara. «Querido –me dijo ella– sólo espero que me digas que a tu apartamento se entra por el cuarto de las basuras.» Decidí dar media vuelta y decirle a Claudia que aquel no era mi piso. «¿Y cómo abriste la puerta cariño?» Claudia no era tonta. «Yo no abrí la puerta –le dije–, fue la puerta la que abrió la llave.» «Ah», me respondió, y sacó de su bolso un cigarrillo que se llevó a los labios. Quizá sí lo fuera un poco al fin y al cabo, pero la inteligencia sólo le habría dado un ligero formalismo a los sonidos que emanaban de su cruda y bella boca.</p>
<p>La llevé a una pensión de mala muerte que se llamaba <em>El enano cojo</em>, en la recepción un enano cojo nos dio la llave de la habitación 9, nos acompañó cojeando porque no se fiaba de que la puerta abriera, la gente, por no volver a recorrer el pasillo solía tirar la puerta abajo, eso no le gustaba nada al enano cojo. Por el angosto pasillo que olía a rata fui contando las habitaciones, sólo había 8. Le pregunté al enano cojo qué cómo es que teníamos la habitación número 9. «Yo duermo en la recepción –respondió metiendo la llave en la cerradura– tengo la suerte de estar alojado en la suite principal.» La puerta no abría y el enano cojo la terminó tirando abajo. «No os preocupéis –comentó– ahora no duerme nadie en la habitación de enfrente y vais a tener aire acondicionado sin suplemento.»</p>
<p>La habitación no era gran cosa, aunque lo que en un principio creí reproducciones de Miró fueron al final humedades y manchas de sangre. Por lo menos la cama estaba hecha; tuve que deshacerla y quitarle la funda al colchón para encontrar un atisbo de higiene.</p>
<p>–Lo siento –le dije a Claudia–, no puedo permitirme nada más lujoso.</p>
<p>–No te preocupes, Raso –contestó Claudia quitándose el abrigo–, si la puerta estuviera en su sitio y una botella de Chinchón decorara la mesilla esta habitación sería idéntica a la de mi noche de bodas.</p>
<p>Siempre me habían gustado las mujeres no demasiado exigentes. Salí a comprar unas botellas de vino. Brillaba el sol en lo alto cuando empezó nuestra noche de bodas.</p>
    ]]></summary>
    <content type="html"><![CDATA[<p>Vivíamos en una inmundicia tal que a veces tenía que tirar el bote de lejía porque se ponía mala; no sabes lo que es tocar fondo hasta que no hueles la podredumbre de la lejía pasada. Joder, un día entré en la cocina y te juro que oí a una cucaracha decirle a otra: «Emmanuel te lo digo muy en serio, hemos de librarnos de esta plaga de humanos antes de que nos coma la mierda.» Tenías suerte si yendo al baño te encontrabas por el suelo un klinex con no muchos mocos, darte el lujo por un día de poder limpiarte el culo decentemente era algo magnífico. El bidet sólo te lo ensuciaba más. Un día llevé a Claudia a casa; en cuanto abrí la puerta una densa marea gris nos abofeteó en la cara. «Querido –me dijo ella– sólo espero que me digas que a tu apartamento se entra por el cuarto de las basuras.» Decidí dar media vuelta y decirle a Claudia que aquel no era mi piso. «¿Y cómo abriste la puerta cariño?» Claudia no era tonta. «Yo no abrí la puerta –le dije–, fue la puerta la que abrió la llave.» «Ah», me respondió, y sacó de su bolso un cigarrillo que se llevó a los labios. Quizá sí lo fuera un poco al fin y al cabo, pero la inteligencia sólo le habría dado un ligero formalismo a los sonidos que emanaban de su cruda y bella boca.</p>
<p>La llevé a una pensión de mala muerte que se llamaba <em>El enano cojo</em>, en la recepción un enano cojo nos dio la llave de la habitación 9, nos acompañó cojeando porque no se fiaba de que la puerta abriera, la gente, por no volver a recorrer el pasillo solía tirar la puerta abajo, eso no le gustaba nada al enano cojo. Por el angosto pasillo que olía a rata fui contando las habitaciones, sólo había 8. Le pregunté al enano cojo qué cómo es que teníamos la habitación número 9. «Yo duermo en la recepción –respondió metiendo la llave en la cerradura– tengo la suerte de estar alojado en la suite principal.» La puerta no abría y el enano cojo la terminó tirando abajo. «No os preocupéis –comentó– ahora no duerme nadie en la habitación de enfrente y vais a tener aire acondicionado sin suplemento.»</p>
<p>La habitación no era gran cosa, aunque lo que en un principio creí reproducciones de Miró fueron al final humedades y manchas de sangre. Por lo menos la cama estaba hecha; tuve que deshacerla y quitarle la funda al colchón para encontrar un atisbo de higiene.</p>
<p>–Lo siento –le dije a Claudia–, no puedo permitirme nada más lujoso.</p>
<p>–No te preocupes, Raso –contestó Claudia quitándose el abrigo–, si la puerta estuviera en su sitio y una botella de Chinchón decorara la mesilla esta habitación sería idéntica a la de mi noche de bodas.</p>
<p>Siempre me habían gustado las mujeres no demasiado exigentes. Salí a comprar unas botellas de vino. Brillaba el sol en lo alto cuando empezó nuestra noche de bodas.</p>
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    <title>Vecindario</title>
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    <published>2007-03-30T07:16:28-07:00</published>
    <updated>2007-04-08T16:49:08-07:00</updated>
    <author>
      <name>Victor del Val</name>
    </author>
    <summary type="html"><![CDATA[<p>Hace dos años inauguraron un cementerio en el predio baldío aledaño a mi casa. Poco a poco se fue poblando de tumbas, algunas lujosas, pobres y apenas señaladas por cruces la mayoría. Como es de suponer, se trata de muertos nuevos, que siguen añorando su antigua condición de vivos. Por la noche se asoman sobre los muros medianeros y asustan a mis perros, que ladran desesperados. Yo me escondo bajo las frazadas hasta que sale el sol.</p>
    ]]></summary>
    <content type="html"><![CDATA[<p>Hace dos años inauguraron un cementerio en el predio baldío aledaño a mi casa. Poco a poco se fue poblando de tumbas, algunas lujosas, pobres y apenas señaladas por cruces la mayoría. Como es de suponer, se trata de muertos nuevos, que siguen añorando su antigua condición de vivos. Por la noche se asoman sobre los muros medianeros y asustan a mis perros, que ladran desesperados. Yo me escondo bajo las frazadas hasta que sale el sol.</p>
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    <title>Paz</title>
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    <published>2007-03-23T12:21:28-07:00</published>
    <updated>2007-04-29T14:36:21-07:00</updated>
    <author>
      <name>Victor del Val</name>
    </author>
    <summary type="html"><![CDATA[<p>La Muerte soñó que se moría. Se despertó tan asustada que decidió quedarse en cama todo el día. Los soldados –en cientos de frentes de batalla– aprovecharon la pacífica jornada para aceitar sus fusiles.</p>
    ]]></summary>
    <content type="html"><![CDATA[<p>La Muerte soñó que se moría. Se despertó tan asustada que decidió quedarse en cama todo el día. Los soldados –en cientos de frentes de batalla– aprovecharon la pacífica jornada para aceitar sus fusiles.</p>
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    <title>El Gran Circo Modín</title>
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    <published>2007-02-19T01:22:30-08:00</published>
    <updated>2007-03-31T12:02:10-07:00</updated>
    <author>
      <name>Mingo Lopez</name>
    </author>
    <summary type="html"><![CDATA[<p>El payaso de las bofetadas no se pudo borrar nunca la sonrisa cándida de amigo bobo que llevaba dibujada en la boca hasta el día que lloró, no se sabe si alternando debidamente un rato de alegría y otro de pena, cuando su compañera de cama y pista, la fantástica mujer barbuda, dio a luz espectacularmente a un bebé rollizo que nació completamente barbilampiño pero, nada en esta vida es perfecto, muerto de la risa.</p>
    ]]></summary>
    <content type="html"><![CDATA[<p>El payaso de las bofetadas no se pudo borrar nunca la sonrisa cándida de amigo bobo que llevaba dibujada en la boca hasta el día que lloró, no se sabe si alternando debidamente un rato de alegría y otro de pena, cuando su compañera de cama y pista, la fantástica mujer barbuda, dio a luz espectacularmente a un bebé rollizo que nació completamente barbilampiño pero, nada en esta vida es perfecto, muerto de la risa.</p>
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