Mundo Du

Cuentos breves, relatos sorprendentes

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Choan Gálvez

Sus cuentos en Mundo Du (página 4 de 6)

Souvenir

Hoy me he levantado nervioso porque sabía que a mediodía llegaría el tío Gerardo de uno de sus viajes a países exóticos y me traería un montón de regalos, recuerdos o souvenires, quizá juguetes o un vestido de moro, indio o baturro.

Y he desayunado y qué nervios y se me ha caído el vaso de leche y se ha roto y me he cortado un corte pequeñito en el pie. Papá, claro, ha chillado siempre chilla No vayas descalzo por ahí, Péinate, Métete la camisa por dentro, Estudia, Sé el orgullo de tu patria.

Mamá, que chilla menos, me ha curado con mimo y alcohol que pica mucho. Me ha dicho, tranquila, Si te pusieras las zapatillas nos ahorraríamos estos disgustos.

Por fin ha llegado tío Gerardo, viene de Brasil con un bigote. Me has traído un regalo, Sí, aquí lo traigo, Qué es, Ábrelo y lo sabrás.

Quieres una cerveza, Gerardo, dice mamá y yo abro el paquete, Sí, por favor, y ahí está el regalo. Qué es, pregunto, No lo sabes, Parece una cerbatana, Lo es, Con auténticos dardos envenenados como los que usan los indios, Con los más auténticos para mi sobrino.

Papá es un cabrón. Odio a mi patria.

La costumbre

Asisto, obligado y expectante, a su conversación telefónica:

–Llegaré a Madrid sobre las dos.

Qué lástima, no lo sabe. Cuántos viajeros, me pregunto, no lo sabrán: este autobús, Barcelona-Madrid, caerá al mar al poco de salir de Zaragoza.

Todos sus pasajeros morirán.

En esta línea, esa es la costumbre.

Amor felino

Comenzó como una demostración de afecto: ese día, al llegar a casa, encontré una lagartija –muerta– sobre el sofá. Mis sospechas de que había sido Azul, mi gata, quien la había llevado hasta allí se confirmaron cuando la descubrí mirándome de esa manera, ya saben, en que miran los gatos cuando esperan la aprobación de su hazaña –de la que se sienten orgullosos– por parte de su amo.

Amor felino. En fin, reprobé a Azul su acto –aun cuando me había conmovido–, recogí el cadáver y lo tiré, sin plegarias de por medio, a la basura.

A la tarde siguiente encontré otro regalito. Un ratoncillo gris, de aquellos que se suelen ver en el metro, yacía en mi salón. Supe que Azul no pretendía sino agradarme, expresar el afecto que me guardaba. A su manera, claro.

Ese día le cayó una buena bronca. Puede que me excediera, al fin y al cabo solo quería quererme. El caso es que se fue. Sin decir nada.

Pasaron unos días, la eché de menos, pegué carteles por el barrio. Me di al alcohol.

Estaba bien borracho cuando encontré el siguiente regalo. Supuse que Azul había regresado.

–Me llamo Patricia –dijo el regalo, que no era sino una joven señorita de negros cabellos y cuello de muérdeme.

–Choan. Encantado.

Joder, estaba más que sorprendido, pónganse en mi lugar, pero la alegría de pensar que mi gatita había vuelto al hogar y la trompa que llevaba me hacían un poco indiferente a la extraña –y preciosa– naturaleza del presente.

–¿Dónde está Azul? –pregunté, sentándome junto a mi regalo.

–No andará lejos –sonrió enamorando a las paredes, al espejo, a la estantería, a mí mismo.

–¿Qué haces aquí?

–Azul me ha pedido que viniera.

–¿Te lo ha pedido? Pensé que te habría traído agarrada por el cuello.

Borracho sinvergüenza, me acerqué a Patricia por detrás.

– Así. –Le dí un mordisquito bajo la oreja derecha. Rió, apoyo una mano sobre mi rodilla y dijo:

–Más despacio, machote, vas demasiado borracho. ¿Por qué no te duchas mientras preparo la cena?

–Sí, ducharme me vendría bien, cof, cof –a fuerza de toser, me vinieron arcadas. Vomité en la cocina. En el suelo de la cocina. Tal como acabé de vaciar el estómago, procedí a desmayarme sobre mis vómitos.

Me desperté tarde, limpio, en la cama, acompañado. Patricia estaba acostada a mi lado, mirándome.

–Buenos días –me besó, dulce, en la boca.

Mi cerebro, menos embotado que a la noche, comenzó a funcionar.

–Hola. ¿Patricia? Esto... no sé por qué estás aquí. No sé quién eres. Ni qué quieres.

–Te quiero a ti. –Se levantó y salió del cuarto.

Me levanté, casi de inmediato, y fui tras ella. No la encontré en casa. No le había oído salir, ¿dónde coño estaba?

Un maullido detrás de mí. Azul había regresado.

–Hola preciosa. Te he echado en falta –dije, acariciándola.

Me guiñó, lo juro, un ojo.

–Yo también te quiero, no tienes por qué traerme más regalos.

Zalamera, frotó su lomo en la pernera de mi pijama.

No he vuelto a ver a Patricia. No la echo de menos, tengo a mi gatita.

Un cuento de osos

–Entró al dormitorio y encontró tres camas, pequeña, mediana, grande, y un retrato de mamá y papá oso en el día de su matrimonio

»La niña no se extrañó, conocía el cuento.

»Y aquí es donde encontramos su cadáver.

Cómo hacerse multimillonario

Desde chico me comí los mocos.

Al cumplir los siete años casi había abandonado por completo esa costumbre. Pero se me planteaba un problema. ¿Qué hacer con esas cositas –verdes por lo general– que extraía de mi nariz y hacía rodar entre las yemas de mis dedos índice y pulgar hasta formar unas albondiguillas semisólidas y en extremo adherentes?

La primera solución consistía en pegarlas a mis pantalones. Pero mi madre –imaginando el efecto que verme aparecer con los pantalones llenos de moco produciría en las visitas– consideró este método de eliminación de residuos tan guarro o más que la deglución.

Como alternativa probé a deshacerme de mis mucosidades pegándolas en el perro. Sin resultados prácticos, ya que –al revés de lo esperado– eran los pelos del bicho los que se pegaban a la albondiguilla y, por consiguiente, a mi dedo.

Hubo otros intentos.

Pero todos fueron en vano.

Al fin di con una verdadera solución:

Dejaría pegadas las albondiguillas por mí obtenidas según el método suprascrito allá por donde fuera: en la barra del autobús, un banco del parque, una mesa de una biblioteca...

... ya había cumplido diez años y sabía lo que era la muerte. Aterrado ante lo finito de mi vida, dejaría señales de mi existencia para que ésta perviviera en los anales del porvenir.

¡Qué satisfecho me sentía cuando reencontraba alguno de estos mocos! Pensaba: «he estado en este lugar y puedo asegurarlo; mis recuerdos podrían engañarme, pero he aquí una prueba irrefutable».

Así, mi vida hubiera sido feliz. No pedía nada más. Sin embargo, al cabo de pocos años se me vino el mundo encima. No adivinarán porqué. ¡Comencé a encontrar pelotillas en sitios que no recordaba! Por ejemplo, alguien me llevaba a un restaurante totalmente desconocido para mí y al ir a dejar mi marca encontraba una pelotilla ya petrificada. Esto me provocaba unos tremendos ataques de angustia. Sudores fríos. Sudores. Fríos.

Trataba de encontrar una explicación a estos hechos. Pensaba: «bien pudiera ser que esta mesa hubiera pertenecido a otro local antes que a éste». O bien, «me falla la memoria y no recuerdo este lugar». Sin embargo encontraba demasiados mocos inexplicables como para permanecer tranquilo.

Empecé a padecer de insomnio. Estuve a punto de volverme loco. Pero por fin di con la clave del enigma. Alguien trataba de suplantarme confundiendo su vida y la mía. Dejaba de ser único. Mi existencia, nuevamente, acababa con mi muerte.

Rascar con la uña mis orificios nasales y amasar lo así obtenido dejó de tener significado para mí. De hecho, ya nada en la vida tenía significado. Abandoné mis hábitos y me di a la soledad y la escritura. Dado que mis escritos eran una porquería, me habitué a sonar mis narices con los folios a medio entintar.

Y este fue mi golpe de suerte. Tras perfeccionar la idea y el material, lancé al mercado un nuevo producto: el pañuelo desechable. Ahora soy multimillonario, y sé que mi nombre perdurará en lo eterno.

Mr. Kleenex

Violines

Joaquín construye violines y antes de venderlos encierra en ellos las más temibles criaturas venenosas.

Joaquín odia a los violinistas.

El zulo

Construímos un pequeño zulo en casa, entre toda la familia, para jugar a los secuestros.

La primera en pagarla fue abuelita. La tuvimos 443 días a pan y agua.