Mundo Du

Cuentos breves, relatos sorprendentes

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Choan Gálvez

Sus cuentos en Mundo Du (página 5 de 6)

Cosas de dios

Un día, dios me pidió que comprara una motosierra, fuera al bosque, talara un árbol y rezara tres avemarías.

Pero no sé qué es un bosque. No sé qué es un árbol.

Chocolate

–¿Crees que serán de chocolate?

–¿Qué? ¿Quiénes?

–Los negros

Eso sonaba fascinante. Dejé de patear el balón contra la pared y saqué el regaliz de palo, el de pensar. Sí, sonaba fascinante, pero nunca habíamos visto un negro de verdad quitando el rey Baltasar, y probablemente –y al pensar esto se me vino el mundo abajo– nunca llegáramos a ver uno, y en caso de verlo, ¿dejaría que unos críos como nosotros le chuparan? Y por otra parte ¿a qué venía esta pregunta de Sergio?

–¿A qué viene eso?

–¿Qué dices?

Me saqué el regaliz de la boca e insistí.

–Digo que a qué viene eso, lo de los negros de chocolate.

–Ah, es porque hay un niño nuevo en el cole. Y es negro como el chocolate. ¿No lo sabías?

–La primera noticia que tengo.

Pasamos la mañana haciendo conjeturas respecto a la materia de que estaban hechos los negros, pero no llegamos a resolución alguna. Nadie sabía nada al respecto. Ni siquiera Eduardo Blasco que llevaba gafas y se sentaba en primera fila y sabía más que ningún otro de la clase de casi todas las cosas, pero no sabía jugar al fútbol ni a las chivas. Decidí consultar al hombre más sabio del mundo. Mi abuelo.

Yo Abuelo, ¿los negros son de chocolate?

Abuelo (Ríe) Por dios hijo, qué preguntas más tontas haces.

Respuesta que no resolvía la cuestión planteada. Al día siguiente, nadie había averiguado nada sobre el tema. Ni siquiera Eduardo Blasco, que había consultado una enciclopedia. «En la entrada de chocolate –explicó– no menciona para nada a los negros. Y en negro dice algo de la raza melánida, pero no sé si eso es un sabor».

Así que resolvimos hacernos amigos del niño negro y le invitamos a jugar al fútbol con nosotros. Y, sorpresa, en el partido del recreo, con dos equipos de dieciocho jugadores, el negro –que desde entonces fue llamado por todos Aaron y no «Eh, tú, negro»– marcó cuatro goles, convirtiéndose así en un niño respetado por todos. Excepto por Eduardo Blasco, que no sentía ningún interés por el fútbol.

Tras unos días de sano compañerismo, gratos partidos de recreo y vanas indagaciones, decidimos preguntarle. Y Aaron, que venía de Vallecas y no del África, contestó:

–Jo, tronco, es que sois gilipollas los de este pueblo.

Sergio se sintió herido en su orgullo maño, y se enfadó muchísimo.

–Te voy a matar –dijo, y se fue a por él. Aaron se echó a correr y todos detrás suyo. Muchos se quedaron atrás pero Sergio y yo le dimos alcance tras perseguirlo tres o cuatro manzanas. Yo lo sujeté por detrás.

–Ahora deberíamos morderle –propuse

–A ello voy –y mordió. Aaron comenzó a chillar y a patalear intentando soltarse. Esfuerzos inútiles, puesto que yo, sin ser bueno al fútbol ni a las canicas, era el más alto, velludo y fuerte de mi curso. Sergio en cambio, sí soltó su presa.

–Ostras tú, que es un niño de verdad.

–Pues claro, imbécil –se quejó el negro.

Lo solté y se fue corriendo. No lo seguimos. Desilusionados, entramos en una tienda de chucherías y compramos duros de chocolate. Caminamos hasta el descampado donde más tarde construirían la piscina municipal, y allí nos sentamos a reflexionar sobre nuestro error, porque el profe había dicho que si reflexionábamos sobre nuestros errores aprenderíamos de ellos. Y recapacita que recapacita y vuelve a recapacitar, concluimos que:

a) nos habíamos equivocado de cabo a rabo y

b) si los negros fueran de chocolate, se derretirían.

Extinción

Abrió la boca y no fue una mosca sino el minúsculo y último langostino alado de cuello corto quien entró a curiosear entre sus caries.

Cerró la boca, tragó saliva y otra especie extinguida.

El gusano

El gusano asomó, entre bostezos, y en voz apenas audible dijo algo que no entendí, guiñó un ojo y me lanzó un besito muac.

Lo aplasté con la uña y acabé el melocotón. No hallé hermanos que le lloraran.

Bárbaros

Y era éste un país tan bárbaro que sus habitantes devoraban las calabazas sin permitirles pronunciar palabra alguna en su defensa.

El plan perfecto

Era un plan perfecto; nos había llevado meses elaborarlo, corregirlo, perfeccionarlo. Llegado el momento, le colocamos un enorme lazo de seda roja.

Berta lo pasea cada mañana.

El noveno planeta

Entonces tuve esa sensación: «En el Sistema Solar hay un noveno planeta. Lo llamaré Plutón.»

Eufórico, telefoneé a Julián para que convocara una rueda de prensa.

El consejo del genio

El genio apareció, como suele ocurrir, al frotar una lámpara mágica, pero no lo hizo para concederme tres deseos sino para ofrecerme cierta información de interés: «Si deseas llegar a ser un escritor de éxito, nunca empieces un cuento con la letra e

Así lo hago.

Qué lindos nenes

Una marea celeste y rosa de bebés, qué lindos, esperando la visita de su santidad. Ay, pero el santo padre se retrasa, los niños se aburren y nadie les trae la cena.

Todavía no hablan, muchos de ellos no tienen dientes o apenas gatean pero... vean, vean cómo se lanzan unos sobre otros, hambrientos, y cómo al celeste y al rosa se suman el rojo de la sangre y el gris, el verde, el marrón el azul y otros colores propios de los ojos que ruedan por el suelo.

Qué lindos nenes.