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Cuentos breves, relatos sorprendentes

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Chocolate

–¿Crees que serán de chocolate?

–¿Qué? ¿Quiénes?

–Los negros

Eso sonaba fascinante. Dejé de patear el balón contra la pared y saqué el regaliz de palo, el de pensar. Sí, sonaba fascinante, pero nunca habíamos visto un negro de verdad quitando el rey Baltasar, y probablemente –y al pensar esto se me vino el mundo abajo– nunca llegáramos a ver uno, y en caso de verlo, ¿dejaría que unos críos como nosotros le chuparan? Y por otra parte ¿a qué venía esta pregunta de Sergio?

–¿A qué viene eso?

–¿Qué dices?

Me saqué el regaliz de la boca e insistí.

–Digo que a qué viene eso, lo de los negros de chocolate.

–Ah, es porque hay un niño nuevo en el cole. Y es negro como el chocolate. ¿No lo sabías?

–La primera noticia que tengo.

Pasamos la mañana haciendo conjeturas respecto a la materia de que estaban hechos los negros, pero no llegamos a resolución alguna. Nadie sabía nada al respecto. Ni siquiera Eduardo Blasco que llevaba gafas y se sentaba en primera fila y sabía más que ningún otro de la clase de casi todas las cosas, pero no sabía jugar al fútbol ni a las chivas. Decidí consultar al hombre más sabio del mundo. Mi abuelo.

Yo Abuelo, ¿los negros son de chocolate?

Abuelo (Ríe) Por dios hijo, qué preguntas más tontas haces.

Respuesta que no resolvía la cuestión planteada. Al día siguiente, nadie había averiguado nada sobre el tema. Ni siquiera Eduardo Blasco, que había consultado una enciclopedia. «En la entrada de chocolate –explicó– no menciona para nada a los negros. Y en negro dice algo de la raza melánida, pero no sé si eso es un sabor».

Así que resolvimos hacernos amigos del niño negro y le invitamos a jugar al fútbol con nosotros. Y, sorpresa, en el partido del recreo, con dos equipos de dieciocho jugadores, el negro –que desde entonces fue llamado por todos Aaron y no «Eh, tú, negro»– marcó cuatro goles, convirtiéndose así en un niño respetado por todos. Excepto por Eduardo Blasco, que no sentía ningún interés por el fútbol.

Tras unos días de sano compañerismo, gratos partidos de recreo y vanas indagaciones, decidimos preguntarle. Y Aaron, que venía de Vallecas y no del África, contestó:

–Jo, tronco, es que sois gilipollas los de este pueblo.

Sergio se sintió herido en su orgullo maño, y se enfadó muchísimo.

–Te voy a matar –dijo, y se fue a por él. Aaron se echó a correr y todos detrás suyo. Muchos se quedaron atrás pero Sergio y yo le dimos alcance tras perseguirlo tres o cuatro manzanas. Yo lo sujeté por detrás.

–Ahora deberíamos morderle –propuse

–A ello voy –y mordió. Aaron comenzó a chillar y a patalear intentando soltarse. Esfuerzos inútiles, puesto que yo, sin ser bueno al fútbol ni a las canicas, era el más alto, velludo y fuerte de mi curso. Sergio en cambio, sí soltó su presa.

–Ostras tú, que es un niño de verdad.

–Pues claro, imbécil –se quejó el negro.

Lo solté y se fue corriendo. No lo seguimos. Desilusionados, entramos en una tienda de chucherías y compramos duros de chocolate. Caminamos hasta el descampado donde más tarde construirían la piscina municipal, y allí nos sentamos a reflexionar sobre nuestro error, porque el profe había dicho que si reflexionábamos sobre nuestros errores aprenderíamos de ellos. Y recapacita que recapacita y vuelve a recapacitar, concluimos que:

a) nos habíamos equivocado de cabo a rabo y

b) si los negros fueran de chocolate, se derretirían.