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Todos los relatos (página 7 de 13)

Tempus fugit

Encima de un enorme iceberg a la deriva por el Atlántico Norte, un señor de Cuenca, funcionario de correos, y un pingüino discutían por el precio de un sello. El debate era agrio, visceral, a cara de perro, y quizás hubiera durado días, meses, años.

Pero el iceberg no.

Reciclaje

En casa de Tato clasifican los residuos para su reciclaje. Hay una bolsa para plásticos, una caja para papeles y cartones, un botecito donde se guardan las pilas gastadas y, por supuesto, un cubo para los restos orgánicos (las botellas vacías tienen su propia habitación).

Lo curioso es que en un rincón de la cocina se puede ver –hay que fijarse– la réplica en miniatura de estos cuatro contenedores.

Los gnomos de Tato también reciclan.

Palomas

Desde mi ventana observo cada día los cientos de palomas que se posan en el tejadillo de la estación.

He adquirido la costumbre de insultarlas: me asomo y grito guarras, asquerosas, ratas voladoras, portapiojos, putas, jasdeputa.

Ellas permanecen impasibles.

Me dirijo a la ventana con la boca hinchada, con ganas de vociferar, con rabia. Al mirar hacia la estación veo posados sobre el tejadillo a Espinete, don Pimpón, la gallina Caponata, Epi, Blas, la rana Gustavo y un falso conde Drácula contando hasta ciento tres.

Por un momento pienso que la absenta y los alucinógenos me están jugando una mala pasada, pero enseguida recuerdo que estamos en carnaval.

El fin

–Las vacas se niegan a dar leche, esto es el fin –manifestó el secretario primero.

–Todavía no. Este cuento acaba de empezar. Y, en lo que a las vacas se refiere, ya han hecho huelga otras veces. Tomémoslo con calma –tranquilizó el ministro.

–En efecto, pero esta vez la cosa va más allá: los cerdos se niegan a morir –intervino el secretario segundo.

–¿Aun desangrándolos? –elevó una ceja el ministro.

–Aun desangrándolos –coro de secretarios.

–¿Aun desangrándolos con saña?

–Aun desangrándolos con saña –nuevo coro de secretarios.

–En tal caso no queda más remedio que admitirlo: esto es el fin.

Borra

Hola, mi nombre es Sebastián, soy una borra de suciedad del ombligo del hijo de puta que está escribiendo esto, creo que se llama Ausiás, acabo de adquirir conciencia de mí misma y me doy cuenta de que solo hay dolor.

La saliva de Mario

Dicen que Mario es un tipo callado. Y en cierta manera lo es, pues habla poco y nada con sus semejantes.

Hay una razón para ello.

Mario tiene un proyecto: dotar a cierto semáforo de la cultura general necesaria para participar en cierto concurso televisivo.

Cada noche, Mario baja de su casa con una silla, una lamparita a pilas y media docena de libros y diarios. Se sienta junto al semáforo y repasa con voz clara las noticias del día. A continuación, lee fragmentos destacados de la literatura universal o habla de geografía, arte y personajes célebres.

El semáforo escucha con atención.

¿No es, pues, razonable que Mario escatime saliva en sus relaciones humanas?

Lecturas

Es común que los loros hablen. El mío, Lorenzo, también lee.

Hoy, sin ir más lejos, ha leído para mí todo lo que a la vista había sobre la mesita del salón: Camel, Bombay, Smoking, The Beatles, Abbey Road, Te dejo.

Había una vez un circo

–Había una vez un circo que alegraba siempre el corazón –dijo Willy.

–Mira Willy, no me vengas con esas –respondió Jimmy–. Estoy harto de ti y de tus memeces.

–Que sí, que lo había –insistía Willy intentando desatarse de la silla.

–Claro, seguro que salían hombres con zapatones y un mono rojo, ¿verdad?

–Sí, sí, Jimmy, así es.

El disparo amortiguado por el silenciador no produjo apenas ruido, pero destrozó para siempre la rodilla derecha de Willy.

–¡Oh, Jimmy, te juro que lo había… –clamaba–. Espera… creo recordar que uno de ellos se llamaba Miliki.

–¿Me tomas el pelo rata inmunda?, ¿Miliki?

Un segundo disparo dejó a Willy paralítico de por vida. Pero a pesar de todo seguía firme en su convicción. Jimmy no podía soportar tanta basura.

Entonces, en una esquina del cuartucho, algo comenzó a tomar forma. Parecía un ñordo gigante, de flema y azur; que como un bogavante estreñido, pugnaba con estertores por nacer a esta dimensión. El brillo rojo les cegó por un instante. Y la nariz roja habló:

–¡¿Cómo et'tan ut'tedes?!

Jimmy, desquiciado, vació el cargador sobre la mancha roja mientras Willy babeaba de puro fervor extático. A los pocos segundos, un anciano desnudo (si exceptuamos la nariz roja) y acribillado agonizaba en el rincón. Liberándose de sus ataduras, Willy se precipitó sobre él a la caza de una última declaración o chiste. El anciano, malherido, pudo apenas balbucir antes de expirar:

–… Adio't… Don Pepito…

Odio

Mi odio hacia las gaviotas es profundo y sincero. Es natural, por tanto, que enseñara a volar a mi ejército de gatos, que infundiera en mis tropas el mismo odio asesino, que al fin los mininos dominaran los secretos del vuelo y el gavioticidio.

No todo había de ser perfecto: ahora son los gatos quienes cagan sobre nuestras cabezas y nos despiertan chillando al alba.

Mi odio hacia los gatos es profundo y sincero.

Comunicando

Ya hace días que intento hablar con dios. He probado a llamarle por la mañana temprano (todo lo temprano que yo concibo, que es a las nueve), a mediodía, a la hora de comer de los funcionarios (a partir de las cuatro), a media tarde, a la noche y a las tres de la mañana, y siempre me da comunicando.

Me empiezo a plantear si realmente existe o es un personaje inventado, como las supernenas. Por si acaso, como con estas cosas nunca acabas de saber, sigo rezando, paso de robar en el Mercadona y, aunque me pone mogollón, no le tiro los tejos a Esther, porque tiene novio.