Mundo Du

Cuentos breves, relatos sorprendentes

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Abordaje

Tres hombres de aspecto salvaje abordan mi casa y, machete en mano, me exigen que escriba un cuento de gatos.

Los ignoro y, según suelo hacer los domingos, escribo una sencilla historia de piratas.

El ático

Mis abuelos estaban hartos de advertirme que no fuera al ático, pero nunca me explicaron el porqué. Como soy de naturaleza curiosa, aproveché que no estaban en casa y me dirigí hacia allí algo asustado. Abrí la puerta y sólo vi lo que todo el mundo espera encontrarse en un ático: muebles antiguos, estanterías llenas de cajas y un baúl repleto de polvo. Éste llamó mi atención, y sin pensar demasiado, lo abrí. Me quedé un poco sorprendido al ver que dentro de él sólo había un libro, uno grande y extraño cuyo título era Personajes. Creyendo que era una obra de gente importante, lo abrí con cuidado y rápidamente y sin que yo pudiese hacer nada por evitarlo, fui absorbido por él, tragado sin masticar.

Ya me he acostumbrado a vivir en un libro, incluso he asimilado mi condición de personaje de ficción. Lo que sigo sin soportar es haberme convertido en el jefe ambicioso de una gran empresa, porque desde que vivo aquí no hago más que gritar, trabajar y llevar corbata.

El destino

La pitonisa me dijo que mi vida cambiaría de forma radical. Pero no me dijo en qué consistiría ese cambio.

Viendo que el tiempo pasaba y todo seguía igual, me divorcié de mi marido, aunque en realidad lo quería, me mudé de ciudad, aunque mi ciudad me gustaba y me busqué un trabajo totalmente distinto al que tenía, aunque la verdad es que el trabajo me daba mucha satisfacción.

Ahora, cuando veo mi vida tan cambiada, echo de menos a mi marido, a mi ciudad y a mi trabajo, pero he llegado a la conclusión de que qué le voy a hacer, si ese era mi destino.

El designio

Comencé a sospechar algo cuando yo le pregunté cuál era su signo zodiacal y ella me contestó que caníbal. Desde entonces, semana tras semana, no he hecho otra cosa que yacer bajo sus designios y desaparecer lentamente entre sus dientes.

La balada de Herbert y Margaret

Margaret lanzó una altiva y definitiva mirada a Herbert. Herbert luchó inútilmente contra ese sentimiento de vergüenza que le estaba acorralando y le hacía sentir que se hundía en el asfalto. Luego se dio cuenta de que había metido los pies en unas arenas movedizas que pasaban por allí.

–No quiero volver a verte –dijo Margaret–. Al menos espero que te cambies ese ridículo peinado.

Las palabras retumbaron en los oídos de Herbert como bombas atómicas, muy atómicas. No comprendía tanta crueldad. ¿Acaso Margaret ya no lo quería? ¿Acaso ya no le gustaba su peinado, del que siempre decía que sobresalía sobre las cosas hermosas del mundo? Está bien, quizás nunca había dicho eso, o no con esas palabras, pero... ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué el mundo se venía abajo de esta manera tan terrible? No había palabras. Herbert colocó en Margaret una suplicante mirada llena de lágrimas, tan patética como inútil, balbuceó algo sin sentido, y se alejó tristemente, mirando al suelo, dando patadas a las piedras y a algún que otro niño.

–Está bien –pensó Herbert con todo el dolor de sus entrañas–. Ahora me iré a casa y escribiré cosas en mi diario. Cosas muy malas sobre ella.

Como Herbert no tenía diario, tuvo que empezar uno. Se sentó y comenzó a poner en práctica su plan de venganza, pero esto no calmó su sensación de desamparo. Por el contrario, sólo consiguió que apareciese un absurdo sentimiento de culpa. Reprimió sus deseos de golpear la cabeza contra la pared, pero terminó lanzando el recién estrenado diario por la ventana. ¿Qué podía hacer ahora? Bajar a recuperar el diario, eso desde luego, pero ¿es que iba a pasar el resto de su vida pensando en Margaret, encarcelado en un torbellino de lamentos y soledad, compadeciéndose de sí mismo miserablemente? Sí, bueno, no era mala idea, pero tal vez hubiera otras soluciones... Rápidamente se abalanzó sobre el teléfono y comenzó a marcar. Colgó cuando se dio cuenta de que había pulsado cincuenta números y no estaba logrando nada. El desasosiego se apoderaba de Herbert como un depredador de una presa fácil e indefensa. Las paredes de su cuarto lo cercaban y el pasillo de su apartamento se volvía laberíntico por momentos. Por fin, en un rapto de decisión surgido de algún bolsillo de su camisa, salió de su casa. En su atormentado espíritu había nacido una chispa de determinación que le hizo precipitarse a la calle, poniéndose su anorak en pleno verano, avanzar sin titubeos en busca de su destino, recomponer su orgullito quebrado, y sin volver la vista atrás, tomar las riendas de su agitada existencia.

Dieron las seis en punto cuando Herbert abrió la puerta de la peluquería.

A medias

El oráculo le dijo que era medio inmortal. Vivir con semejante incertidumbre acabó por dejarlo medio muerto, a medio camino de cualquier cosa.

Trueques

Abel y Joaquín se intercambian objetos a diario. Ayer canjearon una batuta y una aguja de zapatero.

Y no pasó nada.

Pero el trueque de hoy cambiará el mundo.

Sin ti

Estaba tan solo y tan triste que se me cayó la nariz, partiéndose la pobre en el suelo como un florerito. Lo que me faltaba, me dije mientras me sujetaba la cabeza con las manos, temeroso de que también, de un momento a otro, se me desprendiera. Pero tuve suerte y solo se me cayó, gorda, una gran lágrima y entonces pensé, suspirando, que al menos no tenía espejos en casa ni, desde que te fuiste, una piel agradable para oler ni flores hermosas para poner en agua. Así que seguí allí de pie, como tantos meses atrás, frente a la puerta, con los brazos abiertos por si volvías y entrabas de improviso y ahora ya sin nariz y casi sin lagrimas. Y más triste aún, amor mío.

Gánster

El mosquito vino para picarme, estoy seguro. Primero dió varias vueltas de reconocimiento sobre mi cabeza, relamiéndose y sin quitarle ojo al lustre de mi calva. El lugar ideal para un discreto aterrizaje y una posterior y placentera succión, deduje achinando los ojos. Lo oí zumbar y me quedé quieto, con el pitillo en la boca. Se posó disimulando sobre mi mano derecha –que dejé astutamente como cebo sobre la mesa– y aunque soy diestro, aproveché que la tenía cargada, la saqué con la zurda de la sobaquera y apunté lo mejor que pude.

–Muere, vampiro– dije apretando el gatillo.

El tiro lo reventó, salpicando de tripitas y de sangre la pared. Y entonces, sonriendo, con la Beretta en alto por si volvía otro, fui a quitarme el cigarro de los labios y no pude.