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Cuentos breves, relatos sorprendentes

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La tomatera y el nogal

Estuvimos discutiendo acaloradamente sobre si plantar la tomatera o el nogal durante seis asambleas infinitas sin llegar a nada. Como en cualquier asamblea que se precie, defendíamos el consenso por encima de las sucias votaciones, con lo cual era imposible llegar a un acuerdo si ninguna de las dos partes daba su brazo a torcer. Los protomatera defendían, con afilada esgrima verbal, la productividad de la planta, y la posibilidad de colectivizar beneficios a corto plazo. La gente del nogal arengaba con un discurso que permitía vislumbrar la certera apuesta de futuro. La tomatera es un riesgo innecesario. El nogal es un castillo de aire con ínfulas de inversión. Bla. Bla. Bla. Al final, al ver la esterilidad del concepto de funcionamiento asambleario hicimos un agujero, cagamos todos dentro, lo tapamos y disolvimos la asamblea. Unos cuantos plantaron tomateras, otros nogales y yo un aloe, que va guay para problemas de piel. Aquí lo tienes en crema y en la estantería de la pared en gel. No, jabón de ducha con aloe no tengo. Es que somos nuevos y estamos empezando. Acabamos de abrir. Venga, gracias, ya sabéis dónde estamos. Hasta luego.

Previsión

Repicaron las campanas. Misteriosa conjunción de un paraguas y una gallina a las puertas de la iglesia. Sermón. Consagró el cura el pan, el vino, impartió la bendición. Concluyó la misa. De pronto, rompió a llover a cántaros y todos los feligreses se empaparon hasta los huesos. Todos, menos uno: la previsora gallina. Desde entonces nadie en el pueblo come –¡ni siquiera se puede nombrar aquí este plato!– huevos pasados por agua.

Dieciséis enanos y medio

En Maracaibo vivían dieciséis enanos y un medio enano. Todos eran hermanos y el medio enano era el hermano de al medio. También hay que decir que eran sus medio hermanos pues solo compartían el padre, claro que lo compartía solo con la mitad pues los otros ocho querían mas a su madre que a su padre, al que no le perdonaban haberla engañado.

Los ocho ignoraban que era un engaño a medias, es decir, su madre también había engañado a su padre, de hecho esos ocho eran hijos de otro enano. Lo que nos deja con el hecho de que los ocho y los ocho son solo medio hermanos.

Si un día descubrieran toda la verdad, se sentirían desilusionados, pero solo a medias, claro.

Cuestión de espacio

Como el barquito era de cascara de nuez y estábamos cinco tuvimos que echarlo a suertes para ver quien se quedaba. Follo mucho y por todos es sabido que eso conlleva la mala suerte colgada del cuello como cruz de caravaca, así que me tocó la pajita más corta y la pérdida del derecho a pasaje. Salí a despedirlos a la ventana del ático y agité un pañuelo de seda lila hasta que los perdí de vista en la linea en la que el mar se funde con las nubes de la tarde. Entre al salón, elegí un libro (Nana, de Palahniuk) y volví a la terraza a tumbarme a leer hasta que se pusiera el sol.

Creación

Sube las escaleras y llama a la puerta. Si nadie la abre: túmbala. Si una vez dentro no encuentras a quien buscas: créalo. Una vez lo hayas creado: mátalo. ¡Para eso te he creado!

Encuentro (I)

Surgió súbitamente en el solitario sendero del parque. Tenía un aspecto feroz y venía armado. El primer impulso de ella fue salir corriendo. Pero lo pensó mejor y decidió darle la cara: «Si la iban a matar que lo hicieran de frente.» Entonces, en un instante mágico, eléctrico, los ojos de ambos se encontraron y en vez de quitarle la vida él le entregó la suya ya para siempre.

23:14

Alas irisadas, ojos burdeos, lomo gris a rayas, la mosca traza cuasirectángulos, ya hace un rato, en el centro de la habitación.

Rompe su efímera rutina para ir a posarse en el reposabrazos derecho de mi butaca de leer, donde se frota las patitas con gesto pausado.

Apunto con el libro cogido firme por el lomo y la aplasto de un golpe.

Levanto el libro y la veo languidecer de lado, un ala doblada, la cabeza girada en un ángulo imposible y sacudiendo la patita del medio entre el tic y el estertor.

Vuelvo a mi plano, paso la hoja y sigo leyendo, y dice: mientras camina a zancadas bajo los árboles enfundado en su traje de domingo. Desdeñada o mal comprendida, lo cierto es que la esposa de Eccles le ha estimulado, y llega a su apartamento rebosante de lujuria.

Punto y aparte.

Lentejas

Comencé a preparar las lentejas según la receta que siempre uso, a saber: sofrito de ajo, cebolla, tomate, zanahoria, chorizos, morcilla, arroz. Lo último que agrego a la mezcla son las lentejas (he de confesar –madre, perdóname– que las uso de bote).

Todo bien, en marcha, aunque a mí las lentejas en julio... pero Óscar quería lentejas y yo soy fácil de convencer.

Pues bien, aquel día, las legumbres tomaron el poder: nada más echarlas a la olla, comenzaron a extender patitas a razón de cuatro patitas por lenteja. Abrieron furiosas bocas y la tomaron con el chorizo.

Algunas de ellas, exhibían, cielo santo, virgen del amor hermoso, san blas protégenos, diminutas armas primitivas. (Luego supe que esos palitos que agitaban eran peligrosísimos.)

Mientras Óscar trataba de salvar algún bocado de chorizo del ataque lentejil, yo trazaba un plan.

Telefoneé a mi sobrino. En pocas palabras, le dije:

–Sobrino, ven.

Acudió a mi llamada.

Las lentejas, al ver un muchacho tan alto y guapo, saltaron de la olla y comenzaron a apilarse frente a él. Diríase –poco después lo comprobamos, de hecho– que la lenteja reina pretendiera hablar con mi sobrino cara a cara.

Habló:

–Trss kkl rrn knn.

Mi sobrino, que había pasado el verano en Irlanda, respondió, firme, sereno, valiente:

–Knn rss kln r.

Las lentejas palidecieron. Óscar intervino:

–La lunaaaaaaaa.

La montaña de lentejas se vino abajo, y cada una de ellas buscó refugio en una esquina. Como no había esquinas suficientes para todas, se dispersaron por toda la casa. Enseguida comprobamos que eran inofensivas y en pocos días nos acostumbramos a tenerlas por ahí, bailando, cantando y jugando con los gatos (insistían en enseñar a hablar a los felinos).

La casa es ahora purita felicidad. Está más limpia que nunca (las lentejas son muy escoscadas), y hace ya tres veranos que no nos pica una pulga.

Heredero

Dicen que cuando el terrible shogun Yorimoto perdió a su único heredero en la toma de Kioto sintió que le amputaban un miembro. Quizá por eso años más tarde promulgó el cruel edicto de la automutilación: el samurai capaz de cercenarse más a sí mismo y sobrevivir heredaría el trono de Kioto.