Mundo Du

Cuentos breves, relatos sorprendentes

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Choan Gálvez

Sus cuentos en Mundo Du (página 3 de 6)

Llamada

Le telefoneo para decirle que por fin todo acabó, que al fin la he olvidado, que hoy mismo he escrito un cuentito en el que ella muere y su cadáver huele mal.

Pero no puede atender mi llamada. Con las prisas por coger el teléfono, resbala en la bañera y muere. Tarde o temprano, su cadáver desprenderá mal olor.

Olvido

Salgo a la calle. De inmediato olvido la razón de mi salida. A continuación olvido dónde estaba antes de salir.

Y sé que pronto olvidaré que estoy escribiendo.

Qué linda era

Ha pasado mucho tiempo, pero ella conserva los mismos ojos negros –quizá incluso más negros–, la misma melena morena y lisa, la misma nariz respingona, idéntica y perfecta dentadura.

Veinte, quizá veintidós años que no la veía, pero la he reconocido de inmediato: Ana Clara Rodríguez Sanz, antiguo amor de instituto. Qué linda era, qué linda es.

Mas la ciencia forense no admite sentimentalismos ni identificaciones visuales de antiquísimos amantes. He de extraerle sangre, tomar sus huellas dactilares. Analizar, comparar, colocar una etiqueta en el pulgar de su pie izquierdo y muerto.

Ojos, recuerdos

–¿Las canicas? No, no son canicas. Lo que ves en ese tarro, sobre la cómoda, junto a la cajita labrada, son recuerdos.

»Verás, del primer amor me quedaron un par: el de su lengua, húmeda, juguetona en mi boca, el de sus ojos mirándome dulces, claros, callados.

»De aquellas otras, vaya, cómo las quise, me quedó el recuerdo de sus ojos negros, valencianos, de miel, azules, grises, maños.

»Descubrí que cada amor me dejaba un vacío y un recuerdo, y el recuerdo era siempre el de sus ojos.

»No, no te asustes. En el tarro no hay ojos, solo recuerdos.

A solas con mis dos huevos

«Si allí donde hay humo hay fuego, en este armario necesariamente hay un huevo», pensé entre desconcertado y satisfecho del silogismo al encontrar la gallina entre las camisas. Lo hallé en el cajón de los calcetines blancos, destacando por lo moreno.

A la vuelta del trabajo, un pato me esperaba bebiendo en el fregadero. Le pregunté qué hacía allí. No supo explicarse.

Encontré su huevo, pues no era pato sino pata, en el carrito de las verduras.

No conociendo las costumbres alimentarias de estas especies, opté por pedir pizza. La comimos viendo televisión, pues había transportado los huevos al sofá, de manera que pudieran empollarlos (y empatarlos) con mayor comodidad.

Fue la pata quien comenzó a hablar. No entendí una palabra. Intervino la gallina:

–He de ir a por tabaco. ¿Te importaría hacerte cargo de mi huevo?

–Faltaría más, ve tranquila.

–Te acompaño –sospecho que dijo la palmípeda, a quien de nuevo no entendí. Ambas salieron.

Me acuclillé con ambos huevos bajo las posaderas. Así llevo dos semanas. Las muy traidoras no han vuelto.

Grnf

Grnf escogió compañera. Agarrándola por el cabello, la arrastró hasta su rincón en la cueva y la montó como el burro monta a la burra, como el perro monta a la perra.

Mi deseo no es, ni de lejos, tan primitivo como el de Grnf. Los hombres hemos ganado en sofisticación con el paso de los tiempos y el desarrollo de las religiones.

Hoy escojo a ésta, la chica de naranja que duerme a mi lado en el autobús –o está allí, sonriendo, al final de la barra–, la imagino desnuda, de pie, morena, de espaldas a mí, las ingles formando un ángulo de unos treinta grados, el cuerpo algo inclinado hacia adelante, las muñecas esposadas a un poste (preferiblemente metálico).

Imaginaciones mías, nada más, pues ya sé que ella no aceptará de buen grado mis ansias de sofisticación.

Por tanto, la tomo del cabello, la arrastro hasta un rincón, la monto como el burro monta a la burra, como el perro monta a la perra.

Negocios peculiares (I)

Andrés y Jacinta tienen una pequeña granja en el Burgo de Ebro. En ella cultivan una huertita y crían gallinas, cerdos y jugadores de guiñote; estos últimos de una excelente calidad: juegan como los propios ángeles.

Mi sospecha

En ocasiones veo gatos. Es decir, veo gatos donde no los hay.

Sé que puedo parecer loco por decir esto: sospecho que se me aparecen para dictarme cuentos de gatos.

Pero eso es todo, una sospecha. Los muy cabrones no sueltan palabra.

O quizá sí.

En el convento

La hermana Rita siempre, ya desde joven, ha sido más devota y piadosa que femenina. Podría decirse que, cuando a los diecisiete años se vistió el hábito de novicia, su cuerpo supo que ninguna de sus posibles voluptuosidades llegaría a ser apreciada por varón alguno y, perezoso, renunció a desarrollarlas.

Han pasado desde entonces cincuenta y siete años, tres meses, dos semanas, cuatro días y una noche. Es, por tanto, el momento en que esta monjita de pecho plano despierta con las luces del alba.

Se santigua y musita su primera oración aún sin abrir los párpados. Antes de llegar al amén, la nota.

Cubriendo su cara. No una pelusilla adolescente, no unos pocos pelos dispersos, duros y canosos de monja vieja.

Una barba.

Una señora barba, larga, poblada.

Una barba Joaquín Costa.

Concluye su rezo dando gracias a Dios por el nuevo don concedido y se incorpora tan agilmente como los rigores de su edad le permiten.

Como cada día, Rita se asea haciendo uso de la jofaina y el jarro (el voto de pobreza implica no disponer de espejo ni agua corriente en las celdas). Pero esta mañana sus manos aprecian la novedosa textura que cubre sus mejillas. Sustituye el camisón por el hábito y la redecilla del pelo por el griñón reglamentario.

Arregla la ropa de la cama, se calza las sandalias y abre la puerta que da al corredor.

De inmediato percibe una alegría especial en el ambiente, como de domingo de resurrección; incluso se oye alguna risita feliz y disimulada. Al salir al pasillo, su mirada se enfrenta a la de la hermana Felisa que, algo entrada en carnes y mucho más joven que Rita, exhibe orgullosa, pero sin pecar de vanidad, una hermosa perilla.

Qué decir de sor Cecilia y su poblado mostacho, de la hermana Adelaida y su bigote Fu-Manchú. Qué de todas las demás.

Las monjas están hoy especialmente contentas. Si bien saben que nuestro señor siempre las acompaña, hoy saben, hoy no hay dudas.

Dios se ha ocupado especialmente de ellas.

Utilísimos árboles

Antiguamente, y esto es un hecho histórico, los arcenes de nuestras carreteras estaban poblados de postes metálicos que, hendidos verticalmente en el suelo, sujetaban a la vista de conductores y acompañantes lo que se dio en llamar señales de tráfico.

Eran estas, los más ancianos lo recordarán, placas metálicas de diversas formas y colores que indicaban, mediante iconos acordados universalmente, al automovilista las precauciones que le convenía tomar, los peligros que le acechaban, aquello que estaba prohibido por su seguridad o por estúpida decisión de algún preboste incompetente. Vaya, cumplían, ni más ni menos, la función que hoy en día realizan los árboles.

Los aspirantes a obtener la licencia para el manejo de vehículos motorizados estudiaban en autoescuelas los significados de aquellos extraños símbolos: ganado suelto, prohibido el adelantamiento, curva peligrosa sencilla o doble. En aquella época, aprobar el examen téorico era ciertamente difícil.

Afortunadamente, la naturaleza vino en nuestro auxilio. El primer caso, como no podía ser menos, se dio en mi pueblo. Una matita comenzó a crecer, como con disimulo, a dos palmos exactos de la pared en la que se exhibía el cartelón polícromo que los estudiantes utilizaban para aprender las señales y los profesores, como su oficio exige, para enseñarlas.

Enseguida la matita se convirtió en mata, algo más tarde en arbolito. Como quiera que sus ramas y hojas pronto comenzaron a dificultar la correcta apreciación de los símbolos impresos en el póster, se hizo llamar, como es de rigor, al alcalde.

–No me parece mal –dijo–, a poco que nos fijemos, se entenderá que esta hojita, algo más dentada que el resto, indica claramente calle sin salida. Esta otra –se refería a una cuyo envés lucía presumido un hermoso color burdeos– aconseja sin duda una velocidad máxima de 60 kilómetros a la hora.

–¡Cierto! ¡Cierto! –corearon los alumnos con entusiasmo.

–Desde luego –reconoció un veterano profesor allí presente–, este sistema representa mejor y con mayor claridad lo que las señales hacen tan difícil entender. Vean si no esta rama en cuyo extremo comienza a asomar una florecilla.

–¡Alcañiz a dieciséis kilómetros por la Nacional 232! –clamaron los estudiantes con gran alegría.

El alcalde telefoneó al ministro.

–Vaya, es estupendo esto que me cuenta. Se lo comunicaré de inmediato al señor presidente.

No tuvo tiempo de marcar el número; otro alcalde esperaba en línea para transmitirle, si bien con otras palabras, la misma buena nueva. De inmediato habló el ministro con un tercer alcalde, un cuarto, un quinto.

–Esto es fabuloso –exclamó el presidente al conocer la noticia. Tan entusiasmado estaba que olvidó completar su exclamación con los correspondientes signos ortográficos.

Los prodigiosos árboles poblaron, en menos tiempo del que se tarda en decir pepe, los márgenes de las carreteras. En los pueblos y ciudades crecieron, más estilizados para no obstaculizar el paso de los peatones, exhibiendo el tipo de hoja apropiado a cada caso.

Así hemos vivido, felices y seguros, hasta hoy, desplazándonos sin dudas ni temores. Pero, ay, esta sequía pertinaz hace que nuestros queridos y utilísimos arbolitos amarilleen. No mucho, pero sí lo suficiente como para crear algunas confusiones.

–Tienes que tomar la tercera salida a la derecha –indica un copiloto, sentado, como corresponde a los países civilizados, a la diestra del que conduce.

–¿Seguro? Creo yo que no es la tercera, sino la cuarta.

Y así.

Los hay que, muy equivocadamente, opinan que se debería retomar el viejo sistema de señales.

Los hombres sabios, y con ellos estoy de acuerdo, dicen que no, que de ninguna manera: eso sería el caos, el acabose.